LA DONACIÓN DE ALIMENTOS, UN GRAN NEGOCIO QUE GENERA MÁS HAMBRE

La discusión en el Congreso entre las diputadas Elisa Carrió y Margarita Stolbizer se llevó los titulares centrales de la mayoría de los medios. Pero la razón de la disputa, la reforma de ley de Donación de Alimentos, prácticamente no se mencionó. Esa legislación esconde, tras un disfraz humanitario, un gran negocio para las corporaciones que concentran la producción y venta de la industria alimentaria. La historia de los bancos que recogen alimentos y otros proyectos similares tiene más de 50 años y ha quedado demostrado que lejos de paliar el hambre, la donación de comestibles se ha convertido en uno de los problemas que agrava la situación de los países pobres y sus pequeños productores. Ojalá algún día ese debate gane los títulos.

“Escándalo en la sesión de diputados”, “Tiene un trastorno de personalidad”, “Estoy harta del progresismo estúpido”. La discusión pública de las diputadas Elsia Carrió y Margarita Stolbizer se llevó todos los titulares y ocupó largos espacios en radio y televisión. Como suele suceder en la mecánica actual del periodismo, la intrascendente disputa de egos dejó de lado un tema que merece ser conocido por toda la sociedad, especialmente porque el tratamiento habitual se queda en la anécdota simpática del samaritano que deja un pedazo de torta que le sobró en la heladera social para algún indigente hambriento.

En esa sesión de diputados se debatía la modificación de un artículo de la Ley 25.989 de Régimen Especial para la Donación de Alimentos. La idea del oficialismo era que los legisladores decidieran deslindar de responsabilidad legal a quienes donan comida que pueda estar en mal estado o afectar de algún modo la salud de los destinatarios.  Un tema especialmente sensible porque la comida que se recoge para repartir a las personas con hambre ha sido previamente descartada del mercado por vencimiento o por alguna anomalía que no la hace comercializable.

Esa reforma de la ley es impulsada por el capítulo argentino de la organización Banco de Alimentos, un modelo caritativo que nació en los Estados Unidos en la década de 1960 con la idea de vincular a la industria alimentaria y las cadenas comercializadoras con las personas que pasan hambre. El primero de estos bancos funcionó en Arizona, en 1967.

En la Argentina, como en el resto del mundo, los 17 Bancos de Alimentos que se organizan bajo esa denominación están liderados y auspiciados por  representantes de empresas de alimentos y dueños de hipermercados, que con sus prácticas comerciales de explotación y ahogo de pequeños productores son parte del problema de la pobreza y el hambre, no su solución.

Apenas un tecnicismo

Para dejar en claro cuál es la ideología que defienden los Bancos de Alimentos basta reproducir la primera línea de la explicación “¿por qué existimos?” de la página oficial del World Foddbanking, la entidad madre de este proyecto. Allí se expresa: “El hambre a menudo no es un problema alimentario, es un problema de logística”. Esa idea, que deja al sistema económico imperante a salvo de toda responsabilidad en la equidad distributiva de la riqueza, supone que con una simple operación organizativa se terminaría con el hambre en el mundo.

Suena casi lógico. Se recogen las miles de toneladas de alimentos donde se tiran y se envían adonde faltan. El resultado debería ser que todos comen.  Hay mucha evidencia de que, en realidad, el efecto de estas organizaciones es el contrario. La donación de alimentos ha resultado un gran negocio para las corporaciones, pero ha generado más hambre en los países que recibieron el supuesto beneficio. Sencillamente porque la lógica del mercado capitalista ahoga a los pequeños productores locales cuando hay sobreoferta de alimentos. Contra esa perversión no hay logística que valga.

Tal vez el mejor ejemplo surge en los Estados Unidos. Una sociedad del Primer Mundo con recursos incomparables respecto de un país pobre, que creó los Bancos de Alimentos hace 50 años y hoy tiene que atender la demanda de 42 millones de ciudadanos  que tienen problemas para alimentarse, uno de cada siete estadounidenses, de acuerdo con las estadísticas de Feeding America. No es que la logística les haya fallado, ese es un tema en el que los norteamericanos tienen profesionales de primer nivel mundial, lo que falla es un sistema económico basado en la inequidad y el lucro.

No es distinto de lo que sucede en otros países. En Australia, la Encuesta de Hambre que organiza el Foodbank local muestra que 1 de cada 10 australianos necesita ayuda alimentaria en algún momento del año y esto cubre a trabajadores de bajos ingresos, desempleados, ancianos y familias monoparentales. Es otro país rico con más de 30 años de programas de recolección de alimentos destinados a los hambrientos. El panorama podría extenderse a todos los países que implementaron los Bancos de Comida. Ninguno solucionó el hambre pese a los esfuerzos logísticos de sus organizaciones caritativas.

Alimentos para el hambre

Antes de la aparición de los Bancos de Alimentos, los Estados Unidos idearon una política que les permitía ser bien vistos a los ojos del mundo y atender el problema de excedentes de alimentos de sus corporaciones alimentarias. El más ambicioso de estos programas fue Alimentos para la Paz (Food for Peace), una iniciativa surgida en la década de 1950 que tenía como prioridad solucionar el problema de los productores agrícolas norteamericanos que tenían enormes excedentes porque los precios del mercado eran estables y había una alta posibilidad de mejorar la productividad.

Para solucionar el problema del excedente que no tenía lugar en el mercado interno ni en el comercio exterior, el gobierno estadounidense decidió comprar parte de esa producción y enviarla a los países pobres. Los alimentos eran donados bajo dos premisas: una parte se vendería un 65 por ciento por debajo del precio de mercado y otra se repartiría en forma gratuita para combatir la desnutrición. El resultado fue desastroso para las producciones locales. La abundancia de alimentos derrumbó los precios en los mercados donde ingresaban los alimentos norteamericanos. Como resultado, no se solucionó la desnutrición y hubo más pobreza.

Es lo que sucedió en la India en las décadas de 1950 y 1960, cuando el envío masivo de trigo estadounidense derrumbó el mercado agrícola indio. El propio secretario de Agricultura norteamericano, George Dunlop, admitió en 1984 que la ayuda alimentaria de su país pudo haber sido la causante de la hambruna de millones de indios. Es claro que lo que importaba era sacarse de encima la sobreproducción, no combatir el hambre.

La solución del corto plazo, se convierte en una pesadilla para el mediano y largo plazo de los productores de los países supuestamente beneficiados. Historias como la de la India se repitieron en muchos otros países. En Perú, en 1982, cuando el ingreso de arroz norteamericano destruyó la producción local pese al ruego de los campesinos peruanos para que no ingrese la donación. También en Haití, desde fines de la década de 1970, cuando los alimentos donados pasaron al mercado negro a precios imposibles de competir para los pequeños productores haitianos que tuvieron que abandonar sus cultivos y ponerse en la cola de los famélicos para recibir algún alimento.

La concentración del mercado mundial alimentario en unas pocas corporaciones, profundizó el problema del excedente por la necesidad de mercado de multiplicar la oferta por fuera de toda lógica sustentable. Los Bancos de Alimentos son de alguna manera una etapa más refinada de planes como Alimentos para la Paz que obedece a ese cambio del negocio y sus efectos tienen el mismo poder devastador en las economías locales.

Los beneficios de pertenecer  

Desde su misma denominación, estos sistemas están mostrando la trampa que esconden. No se trata de ”organizaciones sociales” o “asociaciones civiles”. Son “bancos”, remiten sin eufemismos a la institución fundacional del capitalismo. El centro financiero, pero también  simbólico, del poder económico.

Los Bancos de Alimentos representan  un enorme beneficio  para las empresas. El negocio alimentario genera enormes excedentes  que hasta la aparición de este mecanismo se desperdiciaban. Naturalmente, las empresas no pierden porque contemplan esas pérdidas en el precio de los productos que venden. El Banco de Alimentos además de permitirles colocar esos excedentes, les sirve para hacer marketing de su responsabilidad social al ayudar a combatir el hambre.

El trasfondo de los Bancos de Alimentos es perverso. La participación de miles de voluntarios involucrados en sus programas, el aval de instituciones como las iglesias y las ong’s, y el incentivo de los gobiernos para que la idea se multiplique; ayudan a ver el tema de la pobreza y el hambre como una situación ajena al sistema económico imperante.

Según esa mirada cínica del asistencialismo, el problema es de los individuos que no tienen la capacidad de procurarse el pan y deben esperar que otros los asistan. Es una idea degradante: las personas aptas pueden procurarse el alimento y son tan superiores a los hambrientos que hasta tienen la capacidad de organizarse para darles la comida a los “no aptos” que son incapaces de obtener su alimento.

Para entender en profundidad por qué estas organizaciones benefician al capital concentrado y terminan perjudicando a quienes supuestamente quieren asistir, vale la pena analizar la tesis  de los investigadores españoles Jordi Gascón y Xavier Montagut en su libro Banco de alimentos: ¿Combatir el hambre con las sobras?  Los autores estiman que  enfrentar el hambre con los excedentes de la sobreproducción actual, no es eficaz, ni para acabar con la pobreza alimentaria, ni para reducir el desperdicio y los sobrecostos de la producción de alimentos. Más bien las perpetúan al esconder las razones estructurales del sistema actual que las provoca.

Las principales conclusiones del libro permiten inferir que:

  • El discurso dominante justifica mantener subvenciones que disparan una carrera competitiva que lleva a la sobreproducción y al desperdicio de alimentos y recursos, pero que beneficia a grandes corporaciones, cadenas de supermercados y latifundistas en detrimento del pequeño productor. Para eso, el discurso pone la pelota del lado de los consumidores, a los que acusa de no saber consumir adecuadamente.
  • El Banco de Alimentos es una solución para aprovechar los alimentos desperdiciados y sobreproducidos, generando beneficios de retorno a la agroindustria que los provoca. El apoyo de los estados a estas prácticas posibilita que en lugar de evitar excedentes, las políticas públicas los subvencionen bajo la justificación, errónea, de que son útiles.

Todo es ganancia

En síntesis, los Bancos de Alimentos y el movimiento de recolección de alimentos desechables les han permitido a las grandes empresas una serie de beneficios impensados antes de su creación:

1.- Los excedentes que se solían destruir (con un costo extra) son donados a los bancos

2.- No hay caída de precios porque el excedente que se ponía a menor precio para “sacarse el clavo” no entra al mercado.

3.- Mejora la imagen empresaria pese a que la concentración corporativa y las grandes cadenas de comercialización son los principales responsables de que los  pequeños productores no tengan acceso al mercado y queden en una situación de pobreza debida a la falta de democracia económica.

Es notable comprobar cómo incluso especialistas con buenas intenciones caen en la trampa discursiva de los Bancos de Alimentos. Es el caso del ex viceministro de Desarrollo Social de la Nación, Daniel Arroyo, quien defendió en una nota del diario La Nación la reforma legislativa de la ley para que las empresas tengan mayores facilidades: «Hace falta una ley que simplifique la donación de alimentos para las empresas. Desde ya que eso requiere condiciones básicas. El sector privado hoy no se quiere meter en una operatoria complicada y por eso el Estado tiene que simplificar el proceso y apoyar a las instituciones que están trabajando el tema».

Hay un beneficio extra para las empresas concentradoras de alimentos y las grandes cadenas de comercialización que participan de los Bancos de Alimentos,  las exenciones impositivas.  En la Argentina, las donaciones pueden deducirse de la base imponible del impuesto a las ganancias, hasta un 5% de la ganancia de un ejercicio fiscal (ley 20628). Pero las organizaciones están presionando para que haya otro tipo de reconocimiento fiscal para la donación de alimentos. En el caso de España, toda donación que se haga al Banco de Alimentos, ya sea en dinero o bienes, desgrava fiscalmente un 35%. Las grandes empresas del sector alimenticio pueden deducir así millones de euros.

Puede verificarse la relación estrecha que hay entre quienes manejan el negocio de los alimentos y los bancos “solidarios” que distribuyen sus descartes. En los Estados Unidos, los principales responsables de esas iniciativas caritativas son multinacionales como Kelllogs o Wall Mart. Y en varios países reciben el apoyo de multinacionales cuestionadas por explotación o daño ambiental como Monsanto  y Unilever.

La Argentina no es una excepción. Basta observar esta lista del Consejo de Administración del Banco de Alimentos Buenos Aires:

Tomás Klepetar: CEO de la Asociación de Industrias de Marcas (ADIM), entidad que agrupa a las mayores empresas de consumo masivo.

Santiago Nicholson:  Abogado de Asociación de Bancos Argentinos (ADEBA), especialista en fusiones empresarias

Mario Vicens: Ex Presidente de la Asociación de Bancos de la Argentina (ABA) Consultor económico, ex Secretario de Hacienda en el gobierno de Fernándo de la Rúa.

Ambrosio Nougués: Industrial agropecuario. Miembro de la familia que en 1968 se vio favorecida por el cierre de 11 ingenios en Tucumán, decretada por la dictadura de Onganía. Una maniobra que permitió la concentración empresaria del sector.

Luis Bamuele: CEO del frigorífico Quickfood, que tiene la mayor parte de la Cuota Hilton a su cargo y concentra ese negocio. Lidera ese mercado concentrado

Isela Constatini: Nombrada por Mauricio Macri para la primera parte del ajuste en Aerolíneas Argentinas. Ex CEO de General Motors Brasil.

Diana Mondino: Economista de la neoliberal UCEMA Directora de Asuntos Internacionales de esa universidad.

Ann Mitchell: Especialista en Desarrollo Humano e Inclusión Social de la UCA, asesora del Banco Mundial.

Marcos Hilding Ohlsson: Fundación Libertad y Progreso. Sostiene que “los precios altos no son culpa de los supermercados sino de los impuestos”. Economista de la ESEADE

Oscar Girola: CEO de American Express durante 8 años.

Gustavo Fernández Casares: Del Grupo Negocios del Agro SA. Acopiador de cereales.

Francisco Pereyra Zorraquín: Contador especialista en cadenas de valor. Socio de la Calificadora de Riesgo Evaluación Latinoamericana.

Como se ve, no son nombres al azar. No es que algún miembro sensible de la comunidad de negocios se apiada de los hambrientos y decide darle su tiempo libre a la caridad. Son todos hombres y mujeres que representan el poder económico. “Las empresas no tienen nada que ver con los Bancos de Alimentos”, afirmó Elisa Carrió en la encendida intervención que fue noticia escandalosa. El simple repaso de la lista que aparece arriba la desmiente.

“Si a alguien le sobra para que otro coma en condiciones de salubridad ¿no puede donar? Estamos todos locos, hay un progresismo estúpido que cree que es preferible que vayan a buscar a la bolsa de basura en vez de tener los alimentos de marca en su casa”, expresó también Carrió en ese debate. Tal vez le faltó puntualizar mejor: Los pobres no van a buscar la bolsa de basura, se la acercan en un paquete más limpio con alimentos de marca, pero a punto de vencer o con fallas, que reemplazan la posibilidad de que los propios trabajadores en estado de desesperación puedan organizarse para producir sus alimentos y superar el hambre en condiciones dignas y sostenibles.

“Es justicia, no caridad, lo que pide el mundo”, escribió la británica Mary Shelley hace casi dos siglos. La autora de la novela Frankenstein, la que plantea con crudeza las monstruosidades que los hombres pueden crear cuando la ambición es lo único que cuenta.

Eduardo Blanco

Editor Red PP

Para más información sobre este tema recomendamos:

http://www.heritage.org/trade/report/how-american-food-aid-keeps-the-third-world-hungry

El negocio de los bancos de alimentos

www.foodbanking.org

www.bancodealimentos.org.ar 


Dejá un comentario

Tu dirección de correo no será publicada. (Campos obligatorios *)


You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>